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Historias de amor 2

Desde que lo dejé con mi ex, mi mejor amigo desde los 5 años fue el único capaz de sacarme de mi apatía y mi casa y arrastrarme a su mundo. Él es bisexual y me llevó con él a sitios de ambiente completamente desconocidos para mi hasta entonces. Él empezó a salir en serio con un chico y mientras, yo encontré a 3 amigas que en su momento se encontraron tan perdidas como yo y ahora estaban solteras… Empezamos a crear una rutina, cenar y beber en mi casa, irnos a las discotecas de ambiente con más heterosexuales que homosexuales de nuestra ciudad y salir a reír y divertirnos sin buscar nada más. Tampoco nos convertimos en monjas y si nos apetecía y teníamos oportunidad nos enrollábamos con el guaperas de turno al que ignoraríamos la semana siguiente. Un día de esos en que sonaba una canción que me volvía loca sentí que alguien me miraba, fue una sensación extraña, a ver, ligábamos bastante y podíamos elegir, no mentiré, pero nunca había tenido una sensación tan clara, me giré hacia donde notaba esa mirada y vi una chica con un corte Bob y pelo negro bailando y riendo con un grupo de gente y mirándome de vez en cuando. Fue extraño para mi, me quedé quieta, como hipnotizada, no podía moverme, a mi alrededor todo parecí difuso y el sonido de la canción me parecía venir de fuera de una enorme burbuja invisible. No podía apartar la mirada de ella, labios carnosos, nariz pequeña, y cuerpo de muñeca, sus caderas se movían al ritmo de la canción mientras saltaba y cantaba a gritos, me miró de nuevo y al ver que la miraba me sonrió y me guiñó un ojo, mi cuerpo reaccionó, me puse colorada y entonces noté a una de mis amigas tirando de mi brazo.
-Tía, que te estás perdiendo la canción- entonces siguió mi mirada y la vió, me miró extrañada pero siguió bailando, y yo también.
Al cabo de un rato fui a la barra a pedir algo de beber, tenía la boca seca y cuando iba a pedir una chica a mi lado se me adelantó, la miré y era ella, me miró y me preguntó mi nombre.
– Julieta- le dije con una timidez impropia de mi.
– Yo soy Romeo- dijo muy seria y se echó a reír, al verla yo también lo hice y entonces me dijo- pero puedes llamarme Romi, ¿qué ibas a pedir?- se lo dije y lo pidió por mi invitándome y echando su cuerpo un poco hacia delante para salir del tumulto de la barra con nuestras copas. Cogí la mía y le di las gracias. Pusieron otro temazo y empezamos a cantarla mientras bailábamos riendo, se acercó un poco más despacio a mi y miró mis labios y luego mis ojos, no sé por qué no me retiré si no que incliné mi cuerpo y mi cara hacia ella, dejamos las copas en uno de los poyetes de la discoteca y empezamos a besarnos, al principio fue dulce y suave pero pronto noté que se me iba de las manos, la estreché hacia mi y mientras nuestras manos investigaban nuestros cuerpos, nuestras lenguas hacían lo mismo a un ritmo cada vez más rápido. Su piel era suave, su pelo olía muy bien y un gemido salió de mis labios. ¿Qué estaba haciendo? Era la primera vez que me sentía así con una mujer y era maravilloso. Mis amigas debieron darse cuenta de que tardaba en volver porque vinieron a por mi y cuando me vieron, abrieron los ojos como platos y empezaron a reír, aunque en la mirada de Estefanía había un destello extraño. Rebeca se acercó a mi y entonces me solté del cuerpo de Romy como pude para hablar con Rebeca.
– Nos vamos a ir ya, Julieta, a Estefanía le duele la cabeza y no se encuentra muy bien. ¿Quieres quedarte?
Miré a Romy, que sonreía y me atrapaba con su mirada- No, me voy con vosotras- le dije a Romy que me iba y ella me dijo que lo entendía y que si me apetecía que me diera su teléfono, le dije que sí, fue a la barra y volvió con una servilleta con su teléfono y un corazón, prometí mandarle un WhatsApp con el mío y me fui. Sabía que si volvía a besarla, no me iría de allí.
En el coche, mis amigas me hicieron un tercer grado, Rebeca se moría de la risa pero Estefanía no, así que le pregunté si se encontraba tan mal, dijo que sí y giró la cabeza. Fuimos a mi casa a dormir, como casi siempre y una vez allí nos desperdigamos para dormir. Rebeca roncaba ya, yo no sabía si enviarle ya un WhatsApp a Romy con mi teléfono y entonces Estefanía me habló:
– Nunca pensé que te interesaran las mujeres- me dijo.
– Y no lo hacen, me interesa Romy, ha sido, buf, no sé explicarlo… verla y no poder apartar la mirada y cuando me ha besado me ha puesto tan cachonda que creo que me la habría tirado allí mismo, y sabes que no soy de acostarme con cualquiera- Estefanía se puso a llorar y la abracé, no entendía nada.
– Siempre pensé, que si sentías curiosidad me lo propondrías a mi, soy tu mejor amiga, podríamos habernos enrollado, habernos acostado y salir de dudas con alguien a quien queremos- me dejó boquiabierta…
– Estefanía, no ha sido curiosidad, no sé qué me ha pasado, nada más verla mi cuerpo se ha visto yendo hasta ella, no sé explicarlo. Nunca he sentido curiosidad, sólo amigas a las que quiero, como tú, pero verla a ella me ha hecho estallar en mil pedazos. ¿Estás enamorada de mi?- pregunté con tacto.
– Qué va- dijo riéndose- pero yo sí siento curiosidad por cómo será besar a otra mujer e incluso acostarme con ella- no supe qué decir a eso, primera noticia- venga, mándale un WhatsApp a ver si contesta. Asentí sin hablar y se lo envié «Hola, soy Julieta, ya tienes también mi número de móvil así que en tu mano está decirme algo o dejarlo así» Estefanía sonrió y yo supe que había escrito eso con más valentía de la que sentía. Al momento mi móvil vibró.
«Necesito volver a besarte y cuanto antes mejor» Mi color pasó a rojo tomate y mientras Estefanía me quitaba el móvil de las manos para leerlo sonreí, ella lo leyó y me miró.
– Creo que ella ha sentido lo mismo que tú- me sacó la lengua divertida y se fue a dormir. Yo no pude dejar de pensar en Romy, ¿sería su nombre verdadero?
Quedamos a los 2 días en un bar al salir del trabajo, nos dimos 2 besos y pedimos algo para tomar. Empezamos a hablar como si necesitáramos contarnos todo en esa tarde, la química sexual entre nosotras crecía por momentos. Le pregunté si le apetecía tomar algo en mi casa y allí, empezamos a devorarnos en el ascensor y a quitarnos la ropa en el recibidor.
– Espera- le dije- debo contarte algo que no te he dicho- me miró con ternura y mirada asustada y mordió su labio inferior, nerviosa- nunca he estado con una chica- se echó a reír.
– Creí que me ibas a decir que me fuera y que esto era un error.
La cogí de su larga melena y la acerqué a mi todo lo que pude- ni hablar, quiero que me enseñes todo- y vaya si me enseñó. Fue una de las mejores noches de mi vida, seguimos quedando hasta volvernos una habitual en la vida de la otra, tanto mis amigas como las suyas se cayeron bien enseguida y murmuraban y se reían de nosotras. Pero no nos importaba, estábamos locas la una por la otra. Fue algo más difícil con mi familia porque no se lo esperaban para nada, pero cuando vieron mi sonrisa y mis ojos brillantes supieron que me hacía feliz, y aunque tenían miedo de que me equivocara, me permitirían hacerlo sin oponerse. Su familia también me aceptó enseguida aunque tuve que aguantar bromitas del tipo de «otra que nos quita del disfrute de los heterosexuales» «pero ¿lo tienes claro bonita? Puedo hacerte cambiar de idea» Ella reía aunque yo me sentía un tanto violenta. Después de un año ya vivíamos juntas y compartíamos gato, decidimos que queríamos más y un día me preparó una cena especial en nuestra terraza y cuando íbamos besándonos hacia la cama vi una nota escrita con su letra, la miré sin entender y la leí ¿hacemos una guerra de almohadas? Reí y reí, me sorprendía casi a diario y mi amor por ella no dejaba de crecer. Cogí una almohada y entonces vi una cajita, tiré la almohada y mi corazón se disparó. Me tiré en picado hacia la cajita, la abrí y había otra nota y otra cajita ¿quieres ser mi mujer?, ponía en la nota. Y dentro de la segunda cajita un precioso anillo con una amatista, mi piedra favorita. Me puse a llorar, la miré y reí pero seguí llorando, ella daba saltos de un pie a otro.
– Dime algo- dijo- me matas con tus silencios…
La besé dulcemente y le dije que sí, que claro que sí, jamás me había sentido con alguien como con ella, la tiré a la cama y besé todo su cuerpo mientras decía que sí una y otra vez y ella reía feliz.